El ajedrez empieza en la mente
¿Por qué la psicología es tan importante como la técnica?
Hay un momento que todos los ajedrecistas conocen.Llevamos varios minutos pensando. La posición parece sencilla. De repente encontramos una jugada que nos gusta. “Esta es”, pensamos. La hacemos casi sin comprobarla y unos segundos después vemos lo que no habíamos visto antes.Una pieza queda atacada. Una combinación del rival aparece en el tablero. Aquella jugada que parecía tan buena… no lo era.Lo curioso es que probablemente sabíamos que aquella posibilidad existía. No nos faltaba conocimiento. Nos faltó algo diferente: atención, calma, capacidad para detenernos un segundo más.Ahí empieza la psicología del ajedrez.
Cuando pensamos en mejorar nuestro nivel, normalmente pensamos en estudiar aperturas, aprender finales, resolver problemas tácticos o analizar partidas. Todo eso es necesario. Pero existe otro tablero que también estamos jugando en cada partida: nuestra mente.
Dos jugadores pueden conocer una posición de manera muy parecida y, sin embargo, reaccionar de forma completamente diferente. Uno mantiene la calma y encuentra la mejor continuación. El otro empieza a dudar, se precipita o se queda atrapado pensando en una posibilidad que ya no existe.El ajedrez nos obliga a tomar decisiones bajo incertidumbre. No sabemos qué está pensando nuestro rival. No sabemos si ha visto nuestra amenaza. No sabemos si la posición que creemos favorable realmente lo es y, sobre todo, no sabemos qué hará nuestra propia mente cuando aparezca la presión.
Una partida que empezó mucho antes del primer movimiento
Un ejemplo extraordinario ocurrió en el Mundial de 1972 entre Bobby Fischer y Boris Spassky.La sexta partida del encuentro se ha convertido en una de las más famosas de la historia. Fischer sorprendió a Spassky jugando 1.c4, una elección inesperada para alguien que había construido buena parte de su identidad ajedrecística alrededor de 1.e4. La partida terminó con una victoria magistral de Fischer y, en un gesto que dice mucho sobre el carácter de ambos jugadores, Spassky llegó a levantarse y a aplaudir a su rival. Lo interesante no es solamente la belleza de las jugadas.Es imaginar lo que significaba sentarse delante del tablero en aquel momento.Había tensión. Expectativas. Preparación. Presión. Un rival imprevisible y Fischer consiguió algo que todos buscamos cuando jugamos: pensar con claridad a pesar de todo lo que ocurre alrededor.La psicología no convirtió a Fischer en un buen jugador. Ya lo era. Pero su capacidad para afrontar la presión formaba parte de su manera de competir.
¿Y nosotros?
No hace falta ser campeón del mundo para experimentar algo parecido.Puede ocurrir en una partida de club.Tenemos ventaja material y empezamos a pensar: “No puedo perder esto” y precisamente porque pensamos tanto en no perder, dejamos de pensar en cómo ganar.O tenemos una posición inferior y pensamos: “Ya está, esta partida está perdida”. Entonces dejamos de buscar recursos que todavía existen.Por eso la psicología del ajedrez no está reservada para los grandes maestros.Un principiante puede aprender a controlar sus nervios.Un jugador intermedio puede aprender a no jugar impulsivamente.Un jugador avanzado puede aprender a gestionar mejor la presión y los errores.
Y todos podemos hacernos las mismas preguntas:
¿Qué ocurre conmigo cuando tengo ventaja?
¿Juego demasiado rápido cuando encuentro una buena jugada?
¿Me bloqueo cuando mi rival me sorprende?
¿Me cuesta volver a concentrarme después de cometer un error?
Estas preguntas también forman parte del entrenamiento.Porque antes de aprender a controlar nuestras emociones durante una partida, necesitamos algo todavía más importante:reconocerlas.
En el próximo artículo: Nervios, miedo y frustración: cómo las emociones pueden cambiar una partida.
